Sus miradas se cruzaron. Joaquín acababa de entrar en ese hospital cuando conoció a Miguel. El joven sintió que algo en su interior se removía al ver la figura robusta y musculosa que se adivinaba incluso debajo del traje blanco del otro hombre. A sus treinta y tres años Miguel era la imagen clara de la virilidad. Además de su cuerpo bien formado cubierto de vello el enfermero tenía un rostro atractivo de fuerte mandíbula, labios carnosos, pómulos prominentes y ojos oscuros que lo hacían bastante popular entre sus compañeras enfermeras. Había habido rumores de amoríos con algunas de ellas, pero nadie en el hospital lo sabía a ciencia cierta.

Joaquín, a sus 18 años, era lo opuesto a Miguel. El joven acababa de graduarse como técnico en enfermería. Su rostro era algo aniñado, de facciones delicadas y grandes ojos castaños que le daban un aire de bastante inocencia. Con su nariz recta, sus labios delicados y su cuerpo delgado muchas mujeres lo consideraban atractivo, además de que sus cabellos de color castaño le sumaban puntos. Joaquín había tenido la novia obligada durante sus estudios, si bien nunca había sentido ganas de hacer con ella algo que fuera más allá de los besos y abrazos que solía darle. De hecho, jamás había sentido nada tan intenso como lo que sintió cuando Miguel le dio la mano.

-Un placer conocerte -dijo el hombre mientras mostraba una hilera de perfectos dientes blancos.

Joaquín siguió a su nueva jefa mientras esta le explicaba las tareas que debería realizar como enfermero, aunque el joven no le prestaba realmente atención. Se sentía acalorado y febril desde el momento en que Miguel le había dado la mano.

-¿Queda todo claro Joaquín? -le preguntó su jefa al terminar el recorrido por la zona de trabajo.

-Sí, por supuesto -contestó el joven.

Fue una suerte para Joaquín que al día siguiente lo pusieran a trabajar acompañado de otra enfermera que se encargó de instruirlo de verdad en las tareas que tenía que desempeñar.

-Ahora me doy cuenta que mi servicio social fue realmente una vasca -comentó Joaquín mientras se dedicaba a llenar una de las jeringas con el medicamento que tenía que aplicar al paciente de la cama 268.

-Así pasa a veces -le contestó su compañera, quien se dedicaba a leer la hoja de indicaciones médicas-. Aún así es bueno ver que sabes bien lo que haces.

El tiempo en el hospital transcurrió rápidamente en el hospital. Joaquín llevaba seis meses disfrutando su trabajo a lo grande. Era un enfermero dedicado que caía bien a sus pacientes y a los familiares de estos. Los únicos momentos de duda para el joven era cuando se cruzaba con Miguel por los pasillos y en la jefatura de enfermería. Sus turnos no siempre coincidían afortunadamente, pero cuando lo hacían Joaquín no podía evitar inquietarse y andar un tanto distraído todo el día. Miguel siempre le sonreía cada vez que se lo encontraba, y si bien el hombre hacía eso con casi todas las personas, aquello no impedía que el corazón de Joaquín se acelerase. El joven intentaba no pensar demasiado en eso. No es que tuviera prejuicios contra la homosexualidad (a lo largo de su carrera se había llevado bien con varios compañeros que eran gays declarados) pero su nula experiencia sexual lo hacían sentirse tremendamente inseguro en la nueva situación. No sabía qué le pasaba y tenía miedo de averiguarlo.

——♥——

Joaquín se encontraba sentado en la jefatura de enfermería intentando pensar qué podía hacer. Se había quedado a hacer guardia en el turno nocturno, y si bien no habían muchos compañeros tampoco había mucho trabajo. La principal razón de aquello era que Johana (su pareja aquella noche) había insistido en atender a la mayoría de los pacientes que les habían asignado ella sola. Joaquín ya había terminado con aquellos cuatro que Johana le había dejado a su cargo. Algunas de sus compañeras se habían reunido en las escaleras para poder charlar sin importunar a los pacientes, pero Joaquín no tenía ganas de unírseles. Sabía que Miguel se había quedado también aquella noche haciendo guardia, pero curiosamente no se lo había topado hasta el momento.

Totalmente aburrido, el joven enfermero decidió ir a dar una vuelta a los pacientes que supuestamente debía atender junto con Johana. Grande fue su sorpresa cuando uno de los familiares de sus pacientes se le acercó y le dijo que la enfermera aún no pasaba con el medicamento nocturno para su padre. El joven se puso a revisar a sus pacientes y se dio cuenta que la mitad de ellos aún no habían sido visitados por su compañera. Era como si se hubiera desvanecido a medio camino sin dejar rastro. Y por lo que le platicaban los familiares de los pacientes ya llevaba un buen rato desaparecida.

Joaquín pensó que solo había un lugar donde podía estar su compañera: el baño de enfermería ubicado al final del pasillo. De lo contrario, tendría que haber pasado frente a la jefatura de enfermería y Joaquín la habría visto.

La idea inicial del joven era sencillamente tocar la puerta y verificar si el baño estaba ocupado, pero como la puerta estaba emparejada y de dentro sonaban extraños sonidos a Joaquín se le hizo sencillo empujar con cuidado para poder asomarse dentro. El enfermero jamás se habría imaginado una escena como la que se encontró al trasponer el umbral. Lo primero que le resaltó fue un par de piernas extendidas hacia él, sin lugar a dudas unas piernas femeninas bien torneadas; pero eso no fue lo que atrapó la atención de Joaquín. Lo que de verdad llamó su atención fue el gran y peludo trasero que se movía rítmicamente hacia delante y hacia atrás justo por donde nacían aquellas piernas. Aquel trasero se encontraba debajo de una espalda ancha cubierta por la indumentaria de un enfermero, y sobre unas poderosas piernas totalmente cubiertas de vello.

Joaquín se quedó totalmente embobado observando el movimiento de vaivén de ese hermoso culo. No sabía porqué no podía quitarle la vista de encima. Es más, sentía el impulso, cada vez más poderoso, de acercarse a aquel trasero y probar si el tacto era tan genial como la visión.

-¡Joaquín! -gritó una voz femenina muy alarmada.

El joven dejó de contemplar solamente aquel trasero para ver el cuadro completo. Sobre el lavabo se encontraba recostada Johana en una postura parecida a la de las mujeres que van a dar a luz, con la falda arriba y la blusa dejando su pecho al descubierto, donde unas fuertes manos se encontraban apoyadas, unas manos que estaban conectadas a la fuerte espalda que podía ver Joaquín. El dueño de la espalda volteó a medias el rostro para ver el motivo de alarma de Johana sin detener el movimiento de vaivén de su trasero. Fue así que Joaquín se dio cuenta que aquel precioso trasero que había llamado su atención pertenecía a Miguel.

El hombre que estaba cogiendo a la mujer sonrió de una manera torcida al ver a su compañero y le preguntó:

-¿Qué? ¿Quieres probar?

El joven enfermero enrojeció violentamente y solo acertó a salir de ahí mientras cerraba la puerta. Volvió a la jefatura y no se movió de ahí en toda la noche.

——♥——

Joaquín se encontraba haciendo su ronda habitual cuando se cruzó con Johana. Su compañera le dedicó una mirada asesina que el joven desafió con firmeza. Estaba seguro que Johana lo miraba de esa forma por el regaño que habían recibido después de quedarse juntos en la guardia nocturna y no haber atendido a todos sus pacientes. Sin embargo, Joaquín no era el que había dejado a los pacientes que Johana había decidido dejarle para después encerrarse en el baño a coger con Miguel.

El joven enfermero sintió como se aceleraba su pulso y decidió dejar de pensar en eso. No le gustaba hacerlo porque cada vez que lo hacía se le venía a la cabeza la imagen del grandioso trasero de Miguel en el movimiento de vaivén que había contemplado. Joaquín no quería pensar excesivamente en eso porque se terminaba excitando. Inclusive la noche siguiente al incidente había tenido un sueño húmedo protagonizado por las nalgas de Miguel.

-¿Te anoto para mañana en la noche Joaquín? -le preguntó su superior cuando pasó por la jefatura.

-Solo si me aseguras que no me tocará trabajar con Johana -contestó el joven.

-Para tu buen fortuna no -le contestó la rolliza mujer-. Es tan orgullosa que me ha amenazado que nunca más volverá a quedarse de guardia. Pero cambiará de opinión cuando necesité dinero, ya verás.

——♥——

Cuando Joaquín llegó al hospital para cumplir su guardia nocturna se arrepintió de haberse comprometido a ello.

-Trabajarás con Miguel -le indicó la supervisora.

Joaquín volteó nerviosamente a ver a su compañero, quien se limitó a dedicarle un asentimiento con la cabeza.

Ambos enfermeros se pusieron a trabajar. Miguel propuso que se repartieran los pacientes asignados en lugar de visitar a todos los dos juntos. Joaquín no pensaba que aquello fuera una buena idea después de lo acontecido con Johana, pero tampoco quería estar excesivamente cerca de Miguel, así que aceptó de buen grado.

Después de atender a sus pacientes ambos se encontraron en la jefatura de enfermería para tomarse un café. O sus compañeros seguían con sus enfermos o se habían ya congregado como cada noche en las escaleras para charlar, por lo que los dos se encontraban a solas, Joaquín sentado sobre una silla y Miguel de pie recargado contra un mostrador.

El ambiente era demasiado tenso. Joaquín notó que Miguel no parecía poseer su buen humor habitual.

-¿Sucede algo? -le preguntó mientras observaba el semblante sombrío de su compañero.

-Solo que no me caes muy bien desde que me arruinaste la diversión de las noches de guardia -contestó el hombre ufanamente.

Joaquín miró confundido a su compañero. Era demasiado inocente para entender a primeras de que le hablaba Miguel.

-¡Johana! ¡Estoy hablando de Johana wey! -explicó Miguel al ver la expresión del otro-. La pinche puta se ofendió después de que te la ofrecí. Me dijo que no volvería a tocarla después de eso. Como si no fuera bien puta la culera. Si no hubiera sido yo segurito ella misma se te habría ofrecido una noche que yo no hubiera estado para complacerla.

Joaquín no supo que decir ante aquellas declaraciones. Lo único que atinó a salir de sus labios fue:

-¿Llevan mucho tiempo con eso?

-Desde hace un año cada vez que nos quedamos en guardia nocturna -contestó Miguel-. Si te digo que es bien puta, le encanta que le de en todos lados, al menos una vez por semana. Me la he cogido en el baño, en el comedor, en el elevador, aquí en la jefatura, en las oficinas de los médicos, en el séptico, en cuartos sin pacientes… Una vez incluso me la cogí en una cama vacía mientras que del otro lado de la cortina estaban un paciente y su familiar dormido.

El joven enfermero no dijo nada ni hizo ademán de interrumpir. Tenía la mirada perdida, pues en su mente solo podía visualizar el fabuloso trasero de Miguel moviéndose adelante y hacia atrás en todos esos lugares que su compañero enlistaba.

-¡Y ahora la muy puta se quiere hacer la muy digna! -continuó Miguel molesto-. La pendeja cree que no me he enterado que cuando yo no vengo se mete con el doctor Tijerina. ¿Te imaginas lo desesperada que debe estar esa vieja para meterse con el vejestorio ese?

-No, pues sí -comentó Joaquín. El doctor Tijerina además de viejo no era apuesto, y sin duda no tenía el culo que tenía Miguel.

-Ahora no sé con quien me voy a quitar las ganas -dijo Miguel-. El resto de nuestras compañeras son muy mojigatas o están bien pinches feas. Me temo que voy a tener que conformarme con la Manuela.

Mientras el enfermero hablaba había empezado a tocarse el pene sobre el pantalón blanco que tenía. Los roces y los recuerdos de Johana le habían hecho ganar una dureza que resaltaba con total claridad sobre el pantalón. Joaquín, sentado justamente frente a él, tenía una visión perfecta del espectáculo. El joven no dijo nada, simplemente se quedó con la boca abierta mirando como aquella mando grande y velluda acariciaba el miembro de su compañero, que incluso bajo la ropa se adivinaba grande y grueso. Joaquín solo sentía como todo su cuerpo se calentaba, con especial énfasis en su entrepierna mientras el movimiento de aquella manaza proseguía y se hacía más descarado, de manera que el pene resaltaba con toda claridad sobre el pantalón.

-¿Te gusta?

Joaquín tardó un momento en procesar aquellas palabras, y aún entonces no estaba seguro de haberlas oído. Tuvo que alzar la vista hacia el rostro de Miguel para darse cuenta que este había notado cómo miraba sus genitales. El joven enfermero sintió como los colores e le subían al rotro. No sabía qué decir sobre lo que estaba sucediendo. Simplemente agachó la mirada mientras internamente rogaba a la tierra que se lo tragase.

-Eh, no tienes porqué avergonzarte si te gustan los hombres -comentó Miguel.

-¡Yo no soy gay! -repuso inmediatamente Joaquín.

-Bueno, es una lástima. Yo que creía haber encontrado con quien divertirme en las noches de guardia -expresó Miguel.

Aquello hizo que Joaquín alzara nuevamente la vista para ver a su compañero, quien lo miraba fijamente con una sonrisa torcida y seguía masajeando su entrepierna.

-¿Acaso eres bisexual o qué? -se le salió a Joaquín.

-No, pero cuando se trata de calentura soy de los que creen en el dicho “hoyo aunque sea de pollo, rendija aunque sea de la lagartija y agujero aunque sea de caballero” -contestó el otro-. Después de todo, ¿cuál es la diferencia a que te la chupe una mujer o un hombre?

-Pero yo no soy gay -repitió el joven que sin embargo no despegaba la mirada de la entrepierna de Miguel.

-¿Estás seguro? -inquirió el mayor mientras caminaba hacia él-. ¿Alguna vez has probado alguna verga?

-No -contestó nerviosamente el joven.

-Pues quizás deberías probarla antes de cualquier cosa -opinó Miguel como quien no quiere la cosa mientras liberaba a su amiguito del interior de su ropa.

Joaquín volvió a quedarse con la boca abierta cuando aquel miembro quedó ante él. El pito de Miguel era grueso y debía medir no menos de dieciocho centímetros. Lucía inusualmente grande a pesar de estar cubierto por una buena capa de vellos en su base.

-Anda, pruébalo -le dijo Miguel mientras lo tomaba de la cabeza.

Joaquín solo atinó a negar ligeramente con la cabeza. No encontraba palabras ni mayor fuerza para negarse, ya que aunque no lo quisiera aceptar se moría por meterse aquel trozo de carne a la boca.

-Vamos, solo pruébala un momento -lo animó Miguel-. Si no te gusta ahí muere.

El enfermero mayor jaló con más fuerza la cabeza de Joaquín, venciendo la poca resistencia que presentaba el joven enfermero. Joaquín dejó que el monstruo que le colgaba entre las piernas a su compañero se introdujera en su interior. El pene de Miguel no entró completamente en aquella cavidad oral, pero sí lo suficiente como para que Joaquín sintiera su boca llena. No era un lleno desagradable, si no más bien todo lo contrario. El joven enfermero disfrutaba del sabor a macho (no hay otra manera de describirlo) que tenía la verga de Miguel, así como de la textura que era capaz de sentir con su lengua, la cual se enroscaba y deslizaba por el tronco y glande de aquel intruso.

-¡No te pases wey! -exclamó Miguel entre jadeos-. ¿Seguro que es tu primera vez? ¡Oh! ¡Lo haces mejor que una vieja!

Miguel tomó la cabeza de su compañero por ambos lados y comenzó a mover las caderas, dejando que su pene medio saliera y volviera a entrar en la boca de Joaquín. El joven enfermero sentía algo de náuseas cada vez que la polla de Miguel se introducía en su boca más de la cuenta, pero las aguantaba con gusto ya que en su mente solo podía imaginarse el trasero de Miguel moviéndose hacia adelante y hacia atrás mientras le follaba la boca.

Joaquín llevó sus manos por las piernas del otro para que su tacto corroborara la imagen mental que tenía. Incluso con el pantalón de por medio el joven enfermero podía sentir claramente aquellos glúteos grandes y macizos. El enfermero mayor le dejó agarrarle el trasero porque pensó que Joaquín quería tragarse su polla más adentro, y actúo en consonancia con eso. Miguel jamás había visto que su poderosa herramienta fuera engullida por completo por nadie, dejando sus labios deslizarse hasta la base de este. Estaba maravillado viendo como su verga se perdía totalmente en la boca de su compañero. Joaquín por su parte estaba disfrutando a lo grande todo aquello, ya que aunque tenía algo de náuseas cuando el glande de Miguel le rozaba la campanilla, había descubierto que el aroma entre los vellos púbicos del enfermero mayor le encantaba; y estaba dispuesto a sufrir un poco con tal de poder aspirar el embriagante aroma cada vez que hundía su nariz en el pubis de Miguel.

Los movimientos se hicieron más apresurados, y sin que Joaquín fuera muy consciente de lo que sucedía un líquido comenzó a llenar su boca mientras Miguel le clavaba el pito hasta el fondo de la garganta. Sintió como más de ese líquido se depositaba directamente en su garganta para emprender el viaje a su estómago sin que pudiera regurgitarlo. Claro que aunque hubiera podido tampoco lo habría hecho. Para él de repente aquel líquido tenía el sabor más exquisito que había probado en su vida, así que no dejó salir la verga de Miguel de su boca hasta dejarla literalmente seca.

-Yo sabía que te iba a encantar la verga al igual que la lechita -comentó Miguel mientras sacaba su miembro de la boca de Joaquín. Su pene se seguía viendo genial a pesar de ir perdiendo dureza-. ¿Vas a querer venirte tú o no?

El joven enfermero volteó la mirada hacia abajo. Su polla quizás no fuera tan grande como la de Miguel, pero resaltaba perfectamente sobre el pantalón de lo dura que estaba.

-Pero quisiera ver tu trasero -dijo Joaquín antes de siquiera haberlo pensado.

Aquello provocó la confusión en el hombre mayor. Jamás le habían pedido algo como aquello.

-Oye, ¿qué te pasa? Yo no soy gay.

-Por favor, solo quiero verlo -rogó Joaquín mientras se sobaba su pene sobre el pantalón-. Solo eso.

A Miguel aquello le parecía una petición extrañísima, pero no podía verle nada de malo si lo único que Joaquín quería era ver.

-Pero aquí no -dijo mientras se subía el cierre del pantalón tras haberse acomodado la verga.

Miguel encabezó la marcha hacia el baño de enfermería seguido de cerca por el joven enfermero. Joaquín no podía quitar la vista a aquel enorme trasero sabiendo que pronto lo vería directamente.

Uno de los familiares de sus pacientes los interceptó a medio camino para pedirles que checaran al enfermo, cosa que hicieron rápidamente para poder continuar hacia el baño.

Una vez dentro del baño y cuando Joaquín hubo cerrado la puerta con seguro (no quería que nadie llegara como él lo había hecho la quincena pasada) Miguel se comenzó a desabrochar el pantalón.

-Esto es lo más raro que alguna vez me han pedido -expresó el enfermero mayor.

Joaquín no dijo nada mientras él también se desabrochaba el pantalón para poder dejar libre a su amiguito, el cual medía catorce centímetros, era blanco y tenía forma de lanza con la base mucho más ancha que la cabeza. Tenía vellos, sí, pero ni por asomo tantos como Miguel. Incluso el enfermero mayor tenía más vellos en las nalgas que Joaquín en su zona púbica.

-¿Y se puede saber qué tiene mi trasero para que te quieras venir viéndolo? -preguntó Miguel mientras se daba la vuelta y se bajaba los bóxer claros que llevaba, dejando a la vista su grandioso trasero.

-Solo es que me fascina -se sinceró Joaquín.

-Quizás no seas tan puto entonces -comentó Miguel para después soltar una carcajada.

Joaquín no sabía a qué se refería su compañero, pero tampoco intentó averiguarlo. Se sentó sobre el retrete para tener una mejor vista del culo de su compañero mientras comenzaba a masturbarse. Dejó que sus delicados dedos recorrieran la longitud de su pene para después descapuchar el glande con cuidado y rozarlo cuidadosamente con las yemas de los dedos. Miguel observaba a través del espejo la forma embelesada en que su trasero era contemplado, y debía admitir para sí que la situación resultaba excitante.

El joven sentado sobre el retrete acercó su rostro al trasero que se encontraba frente a él sin dejar de masajear su falo. Quería observar todos los detalles de aquel culo que lo volvía loco, desde como lo vellos se entremezclaban cubriéndolo, hasta el lunar que se ocultaba entre esos mismos vellos en la nalga izquierda.

Ninguno de los dos supo como fue, pero de repente la nariz de Joaquín se deslizaba por aquel mar de pelos. El joven enfermero había sido seducido por el aroma que despedía la piel de su compañero tal como Ulises por el canto de las sirenas. Miguel había querido en primera instancia separarse de él, pero las caricias de Joaquín en sus nalgas se sentían excesivamente bien.

Joaquín deslizaba su nariz entre la alfombra de vellos inhalando profundamente. Notó que el aroma de su compañero se concentraba en la raja entre sus dos glúteos y sin pensarlo dejó de masturbarse para tomar a Miguel de las piernas y hundir su rostro entre esas dos excelentes nalgas. Miguel dio un respingo cuando la nariz de su compañero le rozó el ano, pero las manos de Joaquín mostraron una fuerza insospechada que lo retuvieron en el lugar hasta que se dio cuenta que era una de las mejores cosas que había experimentado en su vida. Una vez habiéndose percatado de eso él mismo se inclinó hacia delante para pemitirle a su compañero un acceso más sencillo a su pequeño agujero.

El joven enfermero se deleitaba profundamente olfateando los aromas de su compañero mayor, pero pronto eso no bastó. Instintivamente dejó que su lengua saliera y se deslizara por los bordes que señalaban la entrada al interior de Miguel, los cuales se contraían de manera involuntaria. Pero eso no importaba, a pesar de eso Joaquín luchaba porque su lengua entrara en aquel pequeño agujero mientras su compañero solo se dedicaba a gemir.

-No mames wey, ya hiciste que se me parara otra vez -dijo Miguel.

Joaquín dejó el beso negro que estaba dando para poder cerciorarse de lo que le decían. Su compañero se volteó y el joven pudo ver que efectivamente la polla de Miguel se encontraba nuevamente parada, si era posible con mayor dureza que antes. Joaquín hizo el ademán de volver a tragar aquel pedazo de carne, pero Miguel lo detuvo con una mano.

-Creo que es hora de que me prestes tú tu culito -dijo el mayor con una sonrisa torcida.

Joaquín sintió que se le hacía un nudo en la garganta al imaginarse aquel monstruo en su interior. A pesar de no tener experiencia en relaciones gay, su conocimiento del cuerpo humano lo llevó a la conclusión que aquello podría no ser placentero. Si los enemas y supositorios podían llegar a ser molestos, ¿qué debía esperar de un miembro de unos veinte centímetros de largo y unos cinco de ancho? Joaquín creía que solo podía ser dolor.

-¿Por qué pones esa cara? -preguntó Miguel-. Si te gustó chuparla segurito te encanta que te den por el culo.

-Yo no lo creo -contestó el otro asustado.

-Solo probemos igual que ahorita -le dijo Miguel-. Si no te gusta ahí muere.

Parecía que esa era una frase mágica para Joaquín. Si bien no estaba seguro de aquello se puso de pie mientras se bajaba el pantalón para después darse la vuelta mostrándole el trasero a su compañero. Miguel debía reconocer que aquel era un buen culo. No era grande, apenas resaltaba ligeramente, pero su pálido color y la firmeza de su piel lo hacían bastante apetecible.

-Qué bien que en el bolsillo traigo lubricante -comentó Joaquín mientras se agachaba a sacar un botecito del bolsillo de su pantalón.

Puso una cantidad abundante de lubricante en su mano para después embarrarla en la raja de Joaquín. El joven debía admitir que al menos aquello, sentir las manos fuertes y grandes de Miguel sobre su culo, era bastante placentero.

Miguel tuvo mucho cuidado preparando el culito virgen de su compañero. Tenía experiencia en relaciones anales, y lo menos que quería en ese momento era que Joaquín se arrepintiera. Esperaba poder seguírselo chingando durante un tiempo, a menos hasta que apareciera otra vieja buena que fuera tan puta como Johana. Metió con cuidado un dedo, llenando el interior de Joaquín también de lubricante. Mientras lo metía el joven enfermero sintió que tocaba el cielo, y fue aún mejor cuando entró el segundo dedo igualmente con cuidado. Los dedos de Miguel eran gruesos al igual que su miembro, y le producían esa sensación de lleno tan satisfactoria.

-Creo que ya estás listo -comentó Miguel mientras sacaba un condón de un bolsillo.

Se lo puso sobre su poderosa verga, echó más lubricante encima, agarró a Joaquín de la cintura y colocó su glande a la entrada del interior de Joaquín. Joaquín esperaba sentir dolor, pero después de lo bien que había sentido los dedos de su compañero estaba listo para soportarlo si de todas formas le producía aquella sensación de lleno. Para lo que no estaba preparado era para que el pene de Miguel se hundiera lentamente en su interior provocándole solo oleadas de placer. Parecía que la combinación de lubricante y dilatación previa había servido de maravilla. Además, no era Miguel el que forzaba la entrada de su pito dentro de Joaquín. Miguel simplemente se limitó a colocar su pene de tal manera que el recto del joven enfermero fue tragándoselo lentamente. Para él también fue sumamente grato sentir como los músculos del recto de su compañero se iban cerrando alrededor de su pene.

Fue una eternidad, y al mismo tiempo fue un segundo lo que tardó Joaquín en tener el culo lleno del pene de su compañero.

-Ya lo tienes todo adentro -dijo Miguel con satisfacción cuando las nalgas del joven se asentaron en sus caderas.

El enfermero mayor disfrutaba de la vista que tenía ante sí, así que no aceleró el proceso de mete y saca. Dejó que Joaquín se acostumbrara totalmente a tener su pene dentro antes de comenzar con eso.

Joaquín solo podía pensar en tener la polla del enfermero mayor más adentro. Eran tan placentero que quería sentir más, así que él mismo empezó a impulsarse adelante y atrás para lograr aumentar sus sensaciones. Miguel soltó una ligera risita antes de empezar a ayudarlo con aquello. Las caderas de ambos se movían al tiempo, separándose y luego volviéndose a juntar profundamente, cada vez más rápido.

-¡Ven para acá! -dijo Miguel mientras abrazaba por la cintura a Joaquín, jalándolo para sentarlo sobre él después de haberse sentado sobre el inodoro.

El joven enfermero empezó a saltar con fuerza ayudado por las fuertes manos de Miguel. La boca del enfermero mayor se deslizaba por su espalda aumentando todavía más el placer, como si fuera posible un mayor placer que tener el pene enorme de Miguel lijándole el recto y sus manos rodeando su cintura. Además desde donde estaba sentado podía ver a través del espejo del baño la forma tremendamente erótica que adoptaba su cuerpo al estar saltando sobre la verga de Miguel. No pudo aguantar la tentación de masturbarse a sí mismo con fuerza.

Y justo cuando Joaquín sentía que su clímax se acercaba, sintió como Miguel lo jalaba con fuerza para meterle su pene lo más posible dentro de las entrañas. Sintió las convulsiones que indicaban el orgasmo de Miguel, y poco después él mismo experimentó una sensación así. Sus chorros fueron tan potentes que los primeros los vio volar frente a él antes de ir a parar al suelo y a su mano.

-Es la primera vez que me hacen acabar dos veces seguidas de esta manera -le susurró Miguel al otro mientras le besaba el cuello-. Definitivamente me va a encantar disfrutar de ti cada noche de guardia.

Joaquín bajó su mano por sus testículos para después llegar a los de su compañero. Le gustaba esa promesa. Quería ordeñar aquellos huevos lo más seguidamente posible y gozar siempre como lo había hecho ese día.

By ErosLover

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  • kerberos

    muy buen relato espero y subas uno nuevo pronto